¿Valor o precio?¿Gasto o inversión?

Antonio Machado dijo con gran acierto «solamente el necio confunde valor con precio». Pasados algunos años, una sociedad de consumo descontrolado y un tejido empresarial ajeno a aspectos transversales de desarrollo y vinculantes para su negocio, han conseguido convertirla en una máxima que nos pone las cosas muy, muy difíciles. 

Antes de entrar en materia, definamos: la diferencia entre gastar e invertir es que gastar supone el uso del dinero para hacer algo, mientras que invertir implica que ese uso del dinero derive en un rendimiento o ganancia. A partir de esta sana y traslúcida aclaración, todo es cuesta abajo.

¿Y de qué estoy hablando?. Pues de desconocimiento, errores de interpretación o falta de ajuste empresarial, alguna de ellas o todas juntas, nada malo si somos capaces de procesarlo, entenderlo y reconducirlo. Y todo viene porque hace unos días, en una de esas comidas de empresarios a las que casi todos van a ver qué se llevan intentando dar lo mínimo o nada de lo suyo, escuché a un empresario comentar: «yo no formo a mis trabajadores, ¿para qué? si es que los listos luego se van y el gasto es por nada. La formación es tirar el dinero».

De entrada, me pareció un comentario curioso tirando a extraño y con una interesante carga de apreciación desajustada, ya que el empresario en cuestión es propietario de una empresa de más de 30 trabajadores, establecida en un sector altamente dinámico, muy visual y generador de contenidos y siendo además una empresa familiar, como muchas en Mallorca y con él como abanderado de la tercera generación. Por todo ello y con estas premisas de base, tan solo se me ocurren cosas buenas de su modelo, percibiendo grandes posibilidades de desarrollo profesional y empresarial.

Es por ello que al escuchar su comentario pensé «algo está pasando en esa empresa para que su propietario tenga una comprensión tan alejada del escenario que se postula como válido dado el semblante de su empresa». Aclaremos una cosa, no estoy diciendo que la percepción que tiene no sea la correcta para él, una realidad particular que sin duda lo es. A lo que me refiero es a que esa realidad no encaja en absoluto con un escenario consecuente derivado de un análisis y comprensión de lo que la capacitación significa para un profesional actual y cómo debería plasmarse en su empresa, dado su potencial.

Es obvio que la realidad como tal no existe, la que vivimos es la realidad de cada uno modelada por la percepción propia. En el caso que nos ocupa, el empresario percibe que si forma a sus profesionales y estos se van, pierde dinero, lo que de forma automática sedimenta en su ideario una extraña y desafortunada regla de tres para la formación, dejándola marcada a fuego para la posteridad: «si mis empleados se van, la formación no es buena y me hace perder dinero».

Sin embargo, analicemos y seamos honestos:

  • ¿quién de vosotros ve correlación entre la formación y la evasión de profesionales?
  • ¿quién entiende que el profesional premedita su escape en relación expresa a su formación?
  • ¿es posible para el empresario diseñar una excusa y elevarla a niveles que auto justifiquen la omisión de un análisis alternativo que tenga como resultado el camino correcto?

Recordemos que los sesgos precedidos por prejuicios son altamente perjudiciales.

Si releemos el comentario del empresario y ponemos sobre la mesa los factores de la ecuación relacionados con sus malas sensaciones, tenemos: la formación, el profesional, la huída y el dinero. ¿Veis quién no aparece en la ecuación? Efectivamente, el empresario. Pero seamos francos, no estamos en una carrera para ver quién tiene razón ni para desacreditar a nadie porque, a pesar de lo que muchos piensan, la razón y el descrédito no da de comer a nadie. No me refiero a la ausencia del empresario como una premeditada ocultación de culpabilidad, sino como una necesaria interpretación del por qué no está. Veamos los desajustes.

EL DESAJUSTE DE LA HUÍDA

Una de las grandes debilidades del ser humano es su capacidad feroz por evitar reconocer la responsabilidad de algo cuyo resultado posterior no ha sido beneficioso. Es un sentimiento visceral y, por ello, difícil de evitar si no se trabaja. Llegados a este punto tenemos claro el escenario.

Si el profesional está contento en su puesto de trabajo y en su empresa, es un profesional fiel y motivado. Hay excepciones, como en toda regla, pero dada la actual situación socio-económica, todos luchamos por conservar el trabajo. Y aquí viene el primer quebranto de duda y error.

La formación jamás será motivo de huída para un profesional, al contrario, siempre debería ser percibido como un detalle de valor y atención por parte de la empresa, una acción tendente a la mejora global. Por ello, los profesionales que no desean formarse, deben ser interpelados para entender el por qué de su enfrentamiento con estos procesos de mejora. Porque en verdad no son pocos y según una Encuesta de Población Activa (EPA), tan solo el 11% de los profesionales se forman por su cuenta y de forma voluntaria, lo que da muestra de la desgana histórica.

El modelo conceptual de formación como relleno, porque «mis competidores lo usan» o para aprovechar el dinero de subvenciones (aún así muchas empresa ni llegan a ese estado), debe ser erradicado de la mentalidad empresarial. La capacitación profesional es un activo que se sustenta sobre patrones estratégicos, sobre la idea de pensar qué necesitan mis profesionales para que mi empresa sea más visible y así, sea más competitiva. La optimización de estos parámetros conduce, de forma clara y consciente, a un incremento de la productividad y la rentabilidad del negocio.

Vamos a por el segundo desajuste.

EL DESAJUSTE DE LAS PERSONAS

El bienestar de la empresa pasa, de forma irrenunciable, por el bienestar de los profesionales. Con ello queremos transmitir que el empresario se erige como responsable directo de las premisas que conduzcan al bienestar del profesional en la empresa. La carga ejecutiva que pilota la empresa es su responsabilidad, por ello acudimos a él con las propuestas de capacitación ejecutiva.

Si ese es tu rol en la empresa y piensas que tienes «trabajadores o empleados», que son elementos fácilmente intercambiables porque «el mercado está lleno de gente sin trabajo» o si tus premisas son que «eres el motivo de las causas bien hechas y tus profesionales el motivo de las mal hechas», estás incurriendo en graves errores de apreciación que contagiarás a tu empresa y modelo de negocio, estancándolos en las arenas movedizas del ecosistema empresarial.

La comprensión sobre el valor estratégico de la capacitación ejecutiva en empresa, del tratamiento del talento personal enfocado al desarrollo profesional y de la importancia de la continuidad en dicha capacitación, es un reto al que no puedes darle la espalda. Olvidemos la cara rimbombante y altisonante del concepto liderazgo y usemos la cara real como herramienta de desarrollo, productividad y rentabilidad en la empresa.

Si tus profesionales adquieren conciencia de sus capacidades y las desarrollan gracias a la capacitación, te rodearás progresivamente de un valor que sentirás solo tuyo, pudiendo conseguir diferenciales que conviertan a tu empresa en especial, en diferente, en esa empresa en la que todos queremos trabajar y de la que todos queremos ser clientes.

¿En serio piensas, como profesional, que la capacitación no es necesaria? ¿En serio piensas, como empresario, que tus profesionales de valor no quieren capacitación? Quizás acabas de descubrir un filtro para saber con qué profesionales contar en tu empresa. Y nos queda un desajuste, el que menos gusta porque es el nuestro.

EL DESAJUSTE DEL EMPRESARIO

La capacitación, esta segunda década del siglo XXI, está percutiendo con firmeza en el desarrollo de las habilidades transversales de los profesionales. Es obvio que el conocimiento vertical de una profesión, el estricto sobre el negocio en el que uno trabaja, es innegociable si uno quiere salir al mercado como conocedor de sus productos y servicios. Sin embargo, la desatención heredada y progresiva de las habilidades transversales, las que cualquier profesional debe atesorar con independencia de su profesión, está dejando huella en la visibilidad y reputación de las empresas. Y con ello, la percepción de qué etiqueta tiene el dinero que sale de tu empresa.

¿Por qué tantos empresarios identifican una salida de dinero con un gasto? ¿qué hay de la inversión? ¿qué te indica como empresario que el dinero aportado es un gasto y no una inversión? ¿a qué llamas gasto y a qué inversión? Aunque sean conceptos contables o financieros, como empresarios somos más que capaz de asumirlos.

Podríamos decir que capacitar a un profesional de la empresa es invertir porque la empresa se beneficiará del mayor rendimiento del profesional gracias a sus nuevos conocimientos. A partir de esta premisa de base, el resto ya no es influencia de la capacitación sino del tipo de profesional que la recibe, del planteamiento del empresario y la estructura de empresa sobre el bienestar del rol de dicho profesional y también del acierto inicial en la elección de la capacitación, del que dependerá el rendimiento.

Y es así de simple, no hay más. ¿Y si intentamos cambiar?

5 EJES DE FUNCIONAMIENTO PARA EL CAMBIO

Siendo claros, concisos y explícitos, poco queda para la duda.

1.- ANALIZA el bienestar de tus profesionales y el ajuste personal en sus roles de empresa. No todos servimos para todo y en la actualidad, la especialización es premisa de rendimiento. Escúchalos, habla con ellos y deja que se expresen desde la comprensión que también ellos luchan a diario por el buen funcionamiento de tu empresa.

2.- AVERIGUA el por qué tus profesionales no quieren capacitarse ya que en un mercado cambiante, con clientes cada vez más perspicaces y con tus competidores a un clic de distancia, querer afrontar el cambio constante del ecosistema empresarial dando la espalda al conocimiento que te permite adaptarte y cambiar con él, no es la mejor de las opciones.

3.- ELIGE con sentido y coherencia quién se capacita y sobre con qué temática, para asegurar el rendimiento posterior del conocimiento adquirido. Y atiende con cariño las competencias transversales que te permitirán ser diferente. Mientras los demás se pelean en el barro por ser los mejores (percepción subjetiva del cliente=riesgo), enfócate a ser diferente buscando la consolidación y sostenibilidad (percepción objetiva del cliente=compromiso).

4.- INTERPRETA siempre con sentido común y honestidad la diferencia entre gasto e inversión partiendo de la idea clara sobre valor y precio. Una forma simple e intuitiva de entender cómo relacionar el precio de un producto con su coste es pensar cuánto harías pagar tú si tuvieras que manufacturarlo. ¿Es caro el logo de mi empresa? Ponte a diseñarlo aportando valor de marca y argumentos de visibilidad y factura luego las horas dedicadas, quizás te lleves una sorpresa.

5.- PERSEVERA en la idea de continuidad en la capacitación. Si tus conocimientos verticales, los de tu negocio, innovan y avanzan y tú vas a la vanguardia para ser competitivo, no lo desligues de la continuidad en tu capacitación transversal porque un profesional con habilidades y competencias transversales puede ser mucho más eficiente que otro que le supere en las verticales y carezca de las primeras.

Quejarnos es muy fácil pero analizar y entender por qué nos quejamos ya no es tan simple ni agradable porque quizás, nosotros mismos, formemos parte del problema y no nos guste reconocerlo.

Antonio Machado iba muy bien encaminado. No seamos necios y recapacitemos sobre cómo entender la capacitación en empresa.


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